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«Mi madre todavía está viva, pero la matarán el Viernes Santo a medianoche», le advirtió Amanda Martín al inspector jefe y éste no lo puso en duda, porque la chica había dado pruebas de saber más que él y todos sus colegas del Departamento de Homicidios. La mujer estaba cautiva en algún punto de los dieciocho mil kilómetros cuadrados de la bahía de San Francisco, tenían pocas horas para encontrarla con vida y él no sabía por dónde empezar a buscarla.

***

Los chicos llamaron al primer asesinato «el crimen del bate fuera de lugar», para no humillar a la víctima con una denominación más explícita. Eran cinco adolescentes y un caballero de cierta edad que se juntaban mediante sus computadoras para participar en Ripper, un juego de rol.

En la mañana del 13 de octubre de 2011, a las ocho y cuarto, los alumnos de cuarto de primaria de la escuela pública Golden Hills, de San Francisco, entraron al gimnasio trotando al ritmo de los pitidos del entrenador, que los animaba desde la puerta. El gimnasio, amplio, moderno y bien equipado, construido gracias a la generosidad de un ex alumno, que había amasado una fortuna durante la burbuja inmobiliaria antes de que estallara, también se usaba para las ceremonias de graduación y espectáculos de música y teatro. La fila de niños debía dar dos vueltas completas a la cancha de baloncesto como calentamiento, pero se detuvo en el centro ante el inesperado hallazgo de una persona que yacía doblada sobre un potro de gimnasia con los pantalones enrollados en los tobillos, el trasero al aire y la empuñadura de un bate de béisbol ensartada en el recto. Los niños rodearon el cuerpo, asombrados, hasta que uno de nueve años, más atrevido que los demás, se agachó para pasar el dedo índice por una mancha oscura en el piso y determinó que si no era chocolate, debía ser sangre seca, mientras otro niño recogía un cartucho de bala y se lo echaba al bolsillo para canjearlo en el recreo por un cómic pornográfico y una mocosa filmaba el cadáver con su móvil. El entrenador, que seguía tocando el silbato con cada exhalación, se aproximó a saltitos al grupo compacto de alumnos y al ver aquel espectáculo, que no tenía la apariencia de ser una broma, sufrió una crisis de nervios. El alboroto de los alumnos atrajo a otros maestros, que los sacaron a gritos y empujones del gimnasio, se llevaron a la rastra al entrenador, le arrancaron el bate de béisbol al cadáver y lo tendieron en el piso, entonces comprobaron que tenía un hueco ensangrentado en la mitad de la frente. Lo taparon con un par de sudaderas y luego cerraron la puerta a la espera de la policía, que llegó en escasos diecinueve minutos; para entonces la escena del crimen estaba tan contaminada que era imposible determinar con precisión qué diablos había ocurrido.

Poco más tarde, en su primera conferencia de prensa, el inspector jefe Bob Martín explicó que la víctima había sido identificada. Se trataba de Ed Staton, de cuarenta y nueve años, guardia de seguridad de la escuela. «¿Qué hay del bate de béisbol?», preguntó a gritos un periodista inquisitivo y el inspector, molesto al saber que se había filtrado aquel detalle denigrante para Ed Staton y comprometedor para el establecimiento educacional, respondió que eso sería determinado por la autopsia. «¿Existe algún sospechoso?¿El guardia era gay?» Bob Martín no hizo caso del bombardeo de preguntas y dio por concluida la conferencia, pero aseguró que el Departamento de Homicidios informaría a la prensa a medida que se fueran aclarando los hechos en la investigación, que había comenzado de inmediato y estaba a su cargo.

En la tarde del día anterior, un grupo de estudiantes del último curso había estado en el gimnasio ensayando una comedia musical de ultratumba para Halloween, algo sobre zombies y rock n’roll, pero no se enteraron de lo ocurrido hasta el día siguiente. A la hora en que según los cálculos de la policía se cometió el crimen, alrededor de la medianoche, no quedaba nadie dentro de la escuela, sólo había tres miembros de la banda de rock en el estacionamiento, cargando en una furgoneta sus instrumentos musicales. Fueron los últimos que vieron a Ed Staton con vida; atestiguaron que el guardia los saludó con la mano y se alejó en un auto pequeño alrededor de las doce y media. Se encontraban a cierta distancia de Staton y el estacionamiento no estaba iluminado, pero estaban seguros de haber reconocido el uniforme bajo el resplandor de la luna, aunque no pudieron ponerse de acuerdo sobre el color o la marca del vehículo en que se fue. Tampoco pudieron decir si había otra persona en el interior, pero la policía dedujo que el automóvil no pertenecía a la víctima, porque su todoterreno gris perla estaba a pocos metros de la furgoneta de los músicos. Los expertos barajaron la teoría de que Staton se fue con alguien que lo esperaba y después volvió a la escuela a buscar su coche.

En un segundo encuentro con la prensa el jefe de Homicidios aclaró que el turno del guardia terminaba a las seis de la mañana y que se desconocía el motivo por el cual salió de la escuela esa noche y luego regresó al edificio, donde lo acechaba la muerte. Su hija Amanda, que vio la entrevista por televisión, lo llamó por teléfono para corregirlo: no fue la muerte sino el asesino quien acechaba a Ed Staton.

***

Ese primer asesinato impulsó a los jugadores de Ripper hacia lo que habría de convertirse en una peligrosa obsesión. Los cinco adolescentes se plantearon las mismas preguntas que la policía: ¿dónde fue el guardia en el breve tiempo transcurrido entre que fue visto por los músicos y la hora en que se calculaba que murió? ¿Cómo regresó? ¿Por qué el guardia no se defendió antes de que le dieran el balazo en la frente? ¿Qué significaba el bate en aquel íntimo orificio?

Tal vez Ed Staton mereciera su fin, pero la moraleja no les interesaba a los chiquillos, que se ceñían estrictamente a los hechos. Hasta entonces el juego de rol se había limitado a crímenes ficticios en el siglo xix, en un Londres siempre envuelto en densa bruma, donde los personajes se enfrentaban bien a malhechores armados con hacha o picahielos, bien a otros clásicos perturbadores de la paz ciudadana, pero adquirió un tinte más realista cuando los participantes aceptaron la proposición de Amanda Martín de investigar lo que estaba ocurriendo en San Francisco, también envuelto en niebla. La célebre astróloga Celeste Roko había pronosticado un baño de sangre en la ciudad y Amanda Martín decidió utilizar esa oportunidad única para poner a prueba el arte de la adivinación. Con ese fin logró el concurso de los jugadores de Ripper y de su mejor amigo, Blake Jackson, quien casualmente era también su abuelo, sin sospechar que la diversión se tornaría violenta y su madre, Indiana Jackson, sería una de las víctimas.

Los de Ripper eran un selecto grupo de frikis repartidos por el mundo, que se comunicaban por internet para atrapar y destruir al misterioso Jack el Destripador, superando obstáculos y venciendo a los enemigos que surgían en el camino. Como maestra del juego, Amanda planeaba cada aventura en función de las habilidades y limitaciones de los personajes, creados por cada jugador como su álter ego.

Un chico en Nueva Zelanda, parapléjico a raíz de un accidente y condenado a una silla de ruedas, pero con la mente libre para vagar por mundos fantásticos y vivir tanto en el pasado como en el futuro, adoptó el papel de Esmeralda, una gitana astuta y curiosa. Un adolescente de New Jersey, solitario y tímido, que vivía con su madre y en los últimos dos años sólo había salido de su pieza para ir al excusado, era sir Edmond Paddington, coronel inglés retirado, machista y petulante, muy útil en el juego por ser experto en armas y estrategias militares. En Montreal estaba una joven de diecinueve años, cuya corta vida había transcurrido en clínicas para trastornos de la alimentación, que inventó el personaje de Abatha, una psíquica capaz de leer el pensamiento, inducir recuerdos, y comunicarse con fantasmas. Un huérfano afroamericano de trece años, con un coeficiente intelectual de 156, becado en una academia para niños superdotados de Reno, escogió ser Sherlock Holmes, porque deducir y sacar conclusiones se le daba sin esfuerzo.

Amanda carecía de personaje propio. A ella le tocaba dirigir y asegurar que se respetaran las normas, pero en el asunto del baño de sangre se permitió hacer leves cambios. Por ejemplo, trasladó la acción, que tradicionalmente se situaba en Londres en 1888, a San Francisco en 2012. Además, violando el reglamento, se asignó un esbirro llamado Kabel, un jorobado de pocas luces, pero obediente y leal, encargado de ejecutar sus órdenes por disparatadas que fuesen. A su abuelo no se le escapó que el nombre del esbirro era un acróstico de Blake. A los sesenta y cuatro años, Blake Jackson estaba muy mayor para juegos de chiquillos, pero participaba en Ripper para compartir con su nieta algo más que películas de terror, partidas de ajedrez y los problemas de lógica con que se desafiaban mutuamente y que él ganaba a veces, previa consulta con un par de amigos suyos, profesores de filosofía y matemáticas de la Universidad de California en Berkeley.

ENERO
Lunes, 2

Boca abajo sobre la mesa de masajes, Ryan Miller dormitaba bajo la influencia benéfica de las manos de Indiana Jackson, practicante del primer grado de Reiki, según la técnica desarrollada por el budista japonés Mikao Usui en 1922. Miller sabía, porque había leído sesenta y tantas páginas al respecto, que no existe evidencia científica de que el Reiki sirva para algo, pero sospechaba que algún misterioso poder había de tener, ya que en la conferencia de obispos católicos de Estados Unidos, en 2009, fue declarado peligroso para la salud espiritual cristiana.

Indiana Jackson ocupaba la oficina número 8 en el segundo piso de la famosa Clínica Holística de North Beach, en el ombligo del barrio italiano de San Francisco. Su puerta estaba pintada de índigo, color de la espiritualidad, y las paredes de verde pálido, color de la salud. Una placa con letra cursiva, anunciaba «Indiana, sanadora» y más abajo sus métodos: masaje intuitivo, Reiki, imanes, cristales, aromaterapia. En la pared de la diminuta antesala colgaba una tela chillona, adquirida en una tienda asiática, con una imagen de la diosa Shakti, una joven sensual de cabello negro, vestida de rojo, cubierta de joyas de oro, con una espada en la mano derecha y una flor en la izquierda. La diosa se multiplicaba con varios brazos y manos que sostenían otros símbolos de su poder, desde un instrumento musical hasta algo que a primera vista parecía un teléfono móvil. Indiana era tan devota de Shakti, que había estado a punto de adoptar su nombre, pero su padre, Blake Jackson, la convenció de que a ninguna norteamericana alta, opulenta y rubia, con pinta de muñeca hinchable, le calzaba el nombre de una deidad hindú.

Aunque era desconfiado por la naturaleza de su trabajo y por entrenamiento militar, Miller se entregaba a los cuidados de Indiana con profundo agradecimiento y al término de cada sesión salía liviano y contento, ya fuese por efecto placebo y entusiasmo amoroso, como creía su amigo Pedro Alarcón, o por alineamiento de sus chakras, como aseguraba Indiana. Esa hora apacible era lo mejor de su vida solitaria, encontraba más intimidad en una sesión curativa con Indiana que en sus complicados retozos sexuales con Jennifer Yang, la más pertinaz de sus amantes. Era un hombre alto y fornido, con cuello y espaldas de luchador, brazos gruesos y duros como troncos, pero manos elegantes de pastelero, cabello castaño salpicado de canas y cortado a cepillo, dientes demasiado blancos para ser naturales, ojos claros, nariz quebrada y trece cicatrices visibles, contando la del muñón. Indiana Jackson sospechaba que tenía varias más, pero no lo había visto sin calzoncillos. Todavía.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó la sanadora. —Espléndido. El olor a postre me ha abierto el apetito.

—Es aceite esencial de naranja. Si vas a burlarte, no sé para qué vienes, Ryan.

—Para verte, mujer, para qué más.

—Entonces esto no es para ti —replicó ella, enojada. —¿No ves que es broma, Indi?

—Naranja es un aroma juvenil y alegre, dos cualidades que te faltan, Ryan. El Reiki es tan poderoso que los practicantes del segundo nivel pueden hacerlo a distancia, sin ver al paciente, pero yo tendría que estudiar veinte años en Japón para llegar a eso.

—No lo intentes. Sin ti esto sería mal negocio.

—¡Sanar no es un negocio!

—De algo hay que vivir. Cobras menos que tus colegas de esta Clínica Holística. ¿Sabes cuánto vale una sesión de acupuntura con Yumiko, por ejemplo?

—No lo sé y no me incumbe.

—Casi el doble de lo que cuesta una contigo. Déjame que te pague más —insistió Miller.

—Preferiría que no me pagaras nada, porque eres amigo mío, pero si no me pagaras, seguramente no volverías. Tú no puedes deberle un favor a nadie, el orgullo es tu pecado.

—¿Me echarías de menos?

—No, porque nos seguiríamos viendo fuera, como siempre, pero tú me echarías de menos a mí. Admite que mis tratamientos te ayudan. Acuérdate de lo dolorido que estabas cuando viniste por primera vez. La próxima semana vamos a hacer una sesión de imanes.

—Y también masaje, espero. Tienes manos de ángel.

—Bueno, también masaje. Y vístete de una vez, hombre, que hay otro paciente esperando.

—¿No te parece curioso que casi todos tus clientes sean hombres? —preguntó Miller bajándose de la mesa.

—No son todos hombres, también tengo mujeres, niños y un caniche con reumatismo.

***

Miller creía que si el resto de la clientela masculina de Indiana era como él, seguramente pagaba por estar junto a ella, más que por fe en sus improbables métodos curativos. Ésa fue su única razón para acudir a la consulta número 8 la primera vez y así se lo confesó a Indiana durante la tercera sesión, para evitar malentendidos y porque la atracción del inicio había dado paso a una respetuosa simpatía. Ella se echó a reír, estaba más o menos acostumbrada a eso, y le afirmó que en dos o tres semanas, cuando viera los resultados, cambiaría de opinión. Ryan le apostó una cena en su restaurante favorito: «Si me curas, pago yo; si no, pagas tú», le dijo, esperando verla en un ambiente más propicio a la conversación que en aquel par de cuartuchos vigilados por la omnisciente Shakti.

Se habían conocido en el año 2009, en uno de los sinuosos senderos del parque estatal Samuel P. Taylor, entre árboles milenarios de cien metros de altura. Indiana había atravesado la bahía de San Francisco en ferry, con su bicicleta a bordo, y una vez en el condado de Marin había pedaleado varios kilómetros hasta ese parque, como entrenamiento para una carrera de etapas a Los Ángeles, que pensaba hacer dentro de pocas semanas. En principio, Indiana calificaba el deporte como una actividad inútil y mantenerse en forma no era su prioridad, pero en esa ocasión se trataba de una campaña contra el sida en la que su hija Amanda había resuelto participar y ella no podía permitirle ir sola.

La mujer se había detenido por un momento a tomar agua de su botella, con un pie en el suelo, sin bajarse de la bicicleta, cuando Ryan Miller pasó corriendo por su lado con Atila atado a su correa. Ella no vio al perro hasta que lo tuvo prácticamente encima y del susto se cayó, enredada en la bicicleta. Pidiendo mil disculpas, Miller la ayudó a levantarse y trató de enderezar una rueda torcida, mientras ella se sacudía el polvo, más interesada en Atila que en sus propias magulladuras, porque jamás había visto un animal tan feo: cruzado de cicatrices, con peladuras en el pecho, un hocico en el que faltaban varios dientes y asomaban dos colmillos metálicos de Drácula, y una oreja mocha, como cortada de un tijeretazo. Le rascó la cabeza con lástima y trató de besarlo en la nariz, pero Miller la detuvo bruscamente.

—¡No! No le acerques la cara. Atila es un perro de guerra —le advirtió.

—¿Qué raza es?

—Un malinois belga con pedigrí. En buen estado es más fino y fuerte que un pastor alemán, con la ventaja añadida de que tiene el lomo recto y no sufre de las caderas.

—¿Qué le pasó a este pobre animal?

—Sobrevivió a la explosión de una mina —le informó Miller, mientras mojaba su pañuelo en el agua fría del arroyo, donde la semana anterior había visto salmones saltando contra la corriente en su esforzado viaje a desovar.

Miller le pasó el trapo mojado a Indiana para que se limpiara las raspaduras de las piernas. Él llevaba pantalones largos de gimnasia, una sudadera y un chaleco de aspecto blindado, que, según explicó, pesaba veinte kilos y servía para entrenar; cuando se lo quitaba para competir le parecía ir flotando. Se sentaron a conversar entre las gruesas raíces de un árbol, vigilados por el perro, que seguía con atención cada gesto del hombre, como esperando una orden, y de vez en cuando acercaba la nariz a la mujer para olisquearla discretamente. La tarde estaba tibia, olorosa a pino y a humus, iluminada por rayos de sol que atravesaban como lanzas las copas de los árboles, se oían pájaros, murmullo de mosquitos, rumor del agua saltando entre las piedras del arroyo y brisa a través de los árboles. El escenario ideal para un primer encuentro en una novela romántica.

Miller había sido un navy seal, las fuerzas especiales que ejecutan las misiones más secretas y peligrosas. Había pertenecido al Seal Team 6, el mismo que en mayo de 2011 iba a asaltar la residencia de Osama bin Laden en Pakistán. Uno de sus antiguos compañeros mataría al líder de Al-Qaida, pero por supuesto Miller no sabía que eso iba a ocurrir al cabo de dos años y nadie podía haberlo predicho, excepto Celeste Roko estudiando los planetas. Se retiró en 2007, después de perder una pierna en combate, pero eso no le impedía competir en triatlón, como le dijo a Indiana. Ella, que hasta ese momento lo había mirado menos que al perro, se fijó en que una de sus piernas terminaba en una zapatilla y la otra en una paleta curva.

—Ésta es una Flex-Foot Cheetah, que se basa en el mecanismo de propulsión del guepardo, el felino más rápido del mundo —le dijo él, mostrándole la prótesis.

—¿Cómo se sujeta?

Él se subió el pantalón y ella examinó el artilugio que se ceñía al muñón.

—Es de fibra de carbono, liviana y tan perfecta que a Oscar Pistorius, un sudafricano amputado de ambas piernas, pretendían impedirle participar en los juegos olímpicos, porque con ellas llevaba ventaja a los otros atletas. Este modelo sirve para correr. Tengo otras prótesis para caminar y para ir en bicicleta —dijo el ex soldado y agregó con cierta vanidad que eran lo último en tecnología.

—¿Te duele?

—A veces, pero otras cosas me duelen más.

—¿Como qué?

—Cosas del pasado. Pero basta de hablar de mí, cuéntame algo de ti.

—No tengo nada tan interesante como una pierna biónica y mi única cicatriz no se puede mostrar. De chica me caí sentada en un alambre de púas —le confesó Indiana.

***

A Indiana y Ryan se les pasó el tiempo charlando de esto y aquello en el parque, bajo el escrutinio de Atila. Ella se presentó, medio en serio y medio en broma, explicando que el ocho era su número de suerte, Piscis su signo zodiacal, Neptuno su planeta regente, el agua su elemento y la traslúcida piedra luna, que señala el camino de la intuición, así como el aguamarina, que guía las visiones, abre la mente y sostiene la bondad, eran sus gemas de nacimiento. No pretendía seducir a Miller, porque llevaba cuatro años enamorada de un tal Alan Keller y había optado por la fidelidad, pero si hubiera querido, se las habría arreglado para introducir en la conversación el tema de Shakti, diosa de la belleza, el sexo y la fertilidad. La mención de estos atributos demolía la cautela de cualquier hombre —era heterosexual— en caso de que su físico exuberante hubiera sido insuficiente, pero Indiana omitía las otras características de Shakti, madre divina, energía primordial y sagrado poder femenino, porque tenían un efecto disuasivo en los varones.

En general Indiana no daba explicaciones sobre su práctica de curandera, porque se había topado con más de un cínico que la escuchaba hablar de la energía cósmica con aire condescendiente, mientras le examinaba el escote. Sin embargo, como el navy seal le inspiró confianza, le ofreció una versión resumida de sus métodos, aunque al ponerlos en palabras resultaban poco convincentes incluso para ella misma. A Miller le parecieron más cercanos al vudú que a la medicina, pero fingió enorme interés, ya que esa afortunada coyuntura le daba un buen pretexto para volver a verla. Le mencionó sus calambres, que lo atormentaban de noche y a veces lo petrificaban en medio de una carrera, y ella le recetó una combinación de masajes terapéuticos y batidos de banana con kiwi.

Estaban tan entretenidos, que ya empezaba a ponerse el sol cuando ella se dio cuenta de que iba a perder el ferry a San Francisco. Se puso de pie de un salto y se despidió deprisa, pero él tenía su camioneta a la entrada del parque y se ofreció a llevarla, porque vivían en la misma ciudad. El vehículo tenía un motor exagerado y gruesas ruedas de camión, rejilla en el techo, un soporte para bicicletas y un cojín de peluche rosado con pompones para el perro, que ni Miller ni Atila habrían escogido jamás; se los regaló la amante de Miller, Jennifer Yang, en un alarde de humor chino.

***

Tres días más tarde Miller se presentó en la Clínica Holística sólo para ver a la mujer de la bicicleta, a quien no había logrado quitarse de la cabeza. Indiana no se parecía en nada al objeto habitual de sus fantasías eróticas: prefería las mujeres pequeñas y asiáticas, como Jennifer Yang, a quien se le podría aplicar una serie de clichés —piel de marfil, cabello de seda y huesitos de lástima— y era además una ambiciosa ejecutiva de banco. Indiana, en cambio, era el prototipo de la americana grandota, saludable y de buenas intenciones, que habitualmente lo aburría, pero por alguna razón le resultó irresistible. Se la describió a Pedro Alarcón como «abundante y tentadora», adjetivos apropiados para comida con alto contenido de colesterol, como le hizo ver su amigo. Poco después, cuando se la presentó, Alarcón opinó que Indiana poseía esa sensualidad más bien cómica de las amantes de los gángsteres de Chicago en las películas de los años sesenta, con su amplia pechuga de soprano, melena rubia y un exceso de curvas y pestañas, pero Miller no recordaba a ninguna de esas divas de la pantalla anteriores a su nacimiento.

La Clínica Holística desconcertó a Miller. Esperaba algo vagamente budista y se encontró ante un feo edificio de tres pisos pintado color guacamole. No sabía que fue construido en 1930 y en su época de esplendor fue una atracción turística por su arquitectura art déco y sus vitrales inspirados en Klimt, pero perdió toda su prestancia en el terremoto de 1989, cuando dos de los vitrales se hicieron añicos y los dos sobrevivientes fueron subastados al mejor postor. En las ventanas instalaron esos vidrios granulados color caca de pollo que suelen emplearse en las fábricas de botones y cuarteles, y en otra de las muchas remodelaciones mal planeadas padecidas por el inmueble, el piso de mármol blanco y negro con diseño geométrico fue reemplazado por un material plástico, más fácil de limpiar. Las columnas decorativas de granito verde, importadas de la India, así como la doble puerta de laca negra, fueron vendidas a un restaurante tailandés. Sólo quedó el pasamano de hierro forjado de la escalera y dos lámparas de época, que si hubieran sido auténticas Lalique sin duda habrían sufrido la misma suerte que la puerta y las columnas. Al hall, vasto y bien iluminado en sus orígenes, le quitaron varios metros de fondo y tapiaron la conserjería para agregar oficinas dejándolo convertido en un socavón en penumbra. Sin embargo, Miller llegó cuando el sol pegaba directamente en los vidrios amarillentos y durante media hora mágica el espacio se tornaba ambarino, las paredes chorreaban caramelo líquido y el hall revivía fugazmente algo de su antiguo señorío.

El hombre subió a la oficina número 8 dispuesto a someterse a cualquier tratamiento, por estrambótico que fuese, y casi esperaba ver a Indiana ataviada de sacerdotisa, pero ella lo recibió con bata de médico, zuecos blancos y el pelo atado en la nuca con un elástico. De brujería, nada. Le hizo rellenar un extenso formulario, lo sacó al pasillo para verlo caminar de frente y de espaldas, luego lo llevó a la pieza de los tratamientos y le ordenó que se despojara de la ropa, excepto los shorts, y se tendiera en la mesa. Después de examinarlo, determinó que tenía una cadera más elevada que la otra y la columna torcida, lo cual no es raro en alguien que dispone de una sola pierna. También dijo que su energía estaba bloqueada a la altura del diafragma, había nudos en los hombros y el cuello, tensión en todos los músculos, rigidez en la nuca y un injustificable estado general de alerta. En pocas palabras, seguía siendo un navy seal.

Indiana le aseguró que podía ayudarlo con algunos de sus métodos, pero para que dieran resultado él debía aprender a relajarse; le recomendó acupuntura con Yumiko Sato, su vecina, dos puertas a la izquierda por el pasillo, y sin pedirle permiso cogió el teléfono y le concertó una cita con un maestro de Qigong en Chinatown, a cinco cuadras de la Clínica Holística. Él obedeció por complacerla y se llevó un par de agradables sorpresas.

Yumiko Sato era una persona de edad y género indefinidos, con el mismo corte de pelo militar que él usaba, gruesos lentes, dedos delicados de bailarina y una seriedad sepulcral, que hizo su diagnóstico tomándole el pulso y llegó a las mismas conclusiones que Indiana. Luego le advirtió que la acupuntura se emplea para tratar dolores físicos, pero no alivia los de conciencia. Miller, sobresaltado, creyó haberle entendido mal. Esa frase lo dejó intrigado y varios meses más tarde, cuando entraron en confianza, se atrevió a preguntarle qué había querido decir; y Yumiko Sato respondió impasible que sólo los tontos carecen de dolores de conciencia.

El Qigong con el maestro Xai, un anciano de Laos con expresión beatífica y barriga de buen vividor, resultó una revelación para Miller, la combinación ideal de equilibrio, respiración, movimiento y meditación, justamente lo que su cuerpo y su mente necesitaban, y lo incorporó a su rutina diaria de ejercicio.

***

Los calambres no se le curaron a Miller en tres semanas, como Indiana le había prometido, pero le mintió para salir a cenar con ella y pagar la cuenta, porque le pareció obvio que la situación económica de ella rayaba en la indigencia. El restaurante acogedor y bullicioso, su cocina con sabores de Vietnam e influencia francesa, y una botella californiana de pinot noir Flowers contribuyeron a iniciar una amistad que para él llegó a ser su más raro tesoro. Había vivido siempre entre hombres, su verdadera familia eran los quince navy seals que entrenaban con él a los veinte años y lo acompañaron en el esfuerzo físico, el terror y la exaltación del combate, así como en el tedio de las horas inertes. A varios de esos camaradas no los había vuelto a ver desde hacía años y a otros desde hacía meses, pero seguía en contacto con todos; siempre serían sus hermanos.

Antes de perder la pierna, las relaciones del ex soldado con las mujeres habían sido simples, carnales, esporádicas y tan breves, que los rostros y los cuerpos se fundían en uno solo, bastante parecido a Jennifer Yang. Fueron mujeres de paso y si se enamoró de alguna, la relación duró muy poco, porque su estilo de vida, siempre de un lado para otro y toreando a la muerte, no se prestaba a compromisos emocionales y menos aún para casarse y tener hijos. Lo suyo fue la guerra contra enemigos, algunos reales y otros inventados; en eso se le fue la juventud.

En la vida civil Miller se sentía torpe y fuera de lugar, le costaba mantener una conversación trivial y sus largos silencios resultaban ofensivos para quien lo conociera poco. En San Francisco, paraíso gay, sobraban mujeres bellas, independientes y exitosas, muy diferentes a las que antes encontraba en bares o rondando los cuarteles. Miller podía pasar por guapo, dependiendo de la luz, y su cojera, además de darle el aire sufrido de quien se ha sacrificado por la patria, era una buena excusa para iniciar una conversación. No le faltaban oportunidades para el romance, pero cuando estaba con mujeres inteligentes, que eran las que le interesaban, se preocupaba demasiado por la impresión que les causaba y terminaba aburriéndolas. Ninguna joven de California deseaba pasar el rato escuchando historias de soldados, por épicas que fuesen, en vez de ir a bailar, salvo Jennifer Yang, heredera de la legendaria paciencia de sus antepasados del Celeste Imperio y capaz de fingir que escuchaba mientras pensaba en otra cosa. Sin embargo, con Indiana Jackson se sintió cómodo desde el principio en aquel bosque de las secoyas, y unas semanas más tarde, en la cena del restaurante vietnamita, no tuvo que devanarse el cerebro buscando temas de conversación, porque a ella le bastó medio vaso de vino para volverse locuaz. El tiempo transcurrió volando y cuando vieron el reloj había pasado la medianoche; en el comedor sólo quedaban dos mozos mexicanos recogiendo las mesas con la actitud fastidiada de quienes ya cumplieron su turno y deseaban irse a casa. Esa noche, tres años atrás, Miller e Indiana se convirtieron en grandes amigos.

A pesar de su incredulidad inicial, a los tres o cuatro meses el soldado debió admitir que Indiana no era otra descocada de la Nueva Era, sino que en verdad poseía el don de sanar. Los tratamientos lo relajaban, dormía mucho mejor y sus calambres casi habían desaparecido, pero lo más valioso de esas sesiones era la paz que le producían: las manos de ella le transmitían afecto y su atenta presencia acallaba las voces del pasado.

Por su parte, Indiana se acostumbró a ese amigo fuerte y discreto, que la mantenía saludable haciéndola trotar por los incontables senderos de cerros y bosques en los alrededores de San Francisco y la sacaba de apuros financieros cuando ella no se atrevía a acudir a su padre. Se entendían bien y, aunque nunca lo pusieran en palabras, pendía en el aire la sospecha de que esa amistad podía convertirse en pasión si ella no hubiera estado amarrada a Alan Keller, su esquivo amante, y él no se hubiera impuesto expiar sus pecados mediante el recurso extremo de evitar el amor.

***

El verano en que su madre conoció a Ryan Miller, Amanda Martín tenía catorce años, pero aparentaba diez. Era una criatura flaca y desgarbada, con anteojos y frenillos en los dientes, que se tapaba la cara con el pelo o el capuchón de su sudadera para protegerse del ruido insoportable y la luz despiadada del mundo, tan diferente a su opulenta madre, que con frecuencia le preguntaban si era adoptada. Miller la trató desde el comienzo con formalidad y distancia, como si fuera un adulto de otro país, digamos de Singapur. No se empeñó en facilitarle demasiado las cosas durante la carrera en bicicleta a Los Ángeles, pero la ayudó en el entrenamiento y los preparativos para el viaje, ya que tenía experiencia en el triatlón, con lo que se ganó la confianza de la chica.

Los tres, Indiana, Amanda y él, salieron de San Francisco a las siete de la mañana de un viernes, junto a otros dos mil esforzados participantes, con las cintas rojas de la campaña contra el sida prendidas al pecho, acompañados por una procesión de coches y camiones de voluntarios que llevaban carpas y toda suerte de provisiones. Llegaron a Los Ángeles el viernes siguiente, con el trasero en carne viva, las piernas agarrotadas y el cerebro libre de pensamientos, como recién nacidos. Fueron siete días pedaleando por cerros y carreteras, con largos trechos de paisaje bucólico y otros de tráfico endemoniado; fáciles para Ryan Miller, a quien quince horas en bicicleta se le iban volando, y en cambio fueron un siglo de esfuerzo sostenido para la madre y la hija, quienes sólo llegaron a la meta porque él las azuzaba como un sargento cuando flaqueaban y les recargaba las pilas con bebidas electrolíticas y galletas energéticas.

Por las noches, los dos mil ciclistas caían en campamentos montados por los voluntarios en la ruta, como bandadas de pájaros migratorios en el último estado de agotamiento, devoraban cinco mil calorías, revisaban sus bicicletas, se duchaban en tráilers y se frotaban pantorrillas y muslos con bálsamo calmante. Antes de acostarse, Ryan Miller les aplicaba compresas calientes a Indiana y Amanda y las animaba con una charla inspiradora sobre las ventajas del ejercicio al aire libre. «¿Qué tiene que ver eso con el sida?», le preguntó Indiana al tercer día, cuando había pedaleado diez horas llorando por la fatiga y por todas las penas de su vida. «No sé, pregúntale a tu hija», fue la honesta respuesta de Miller.

La carrera contribuyó poco a la lucha contra la epidemia, pero solidificó la naciente amistad de Miller con Indiana y logró lo impensable para Amanda: un amigo. En total, esa chiquilla con vocación de ermitaña tenía tres amigos: su abuelo Blake, su futuro novio Bradley y el navy seal, Ryan Miller. Los participantes de Ripper no entraban en la misma categoría, porque sólo se conocían en el juego y la relación entre ellos se limitaba a los confines del crimen.