[ fragmento]

La batalla para conquistar Lima terminó a las seis de la tarde. En los días siguientes, cuando pudieron sacar la cuenta de los muertos y heridos, calcularon que un veinte por ciento de los combatientes de ambos ejércitos perecieron en esas horas. Muchos más morirían después a consecuencia de las heridas infectadas. Improvisaron los hospitales de campaña en una escuela y en carpas diseminadas en las cercanías. El viento arrastraba el hedor de carroña a kilómetros de distancia. Los médicos y enfermeros, exhaustos, atendían a los que llegaban en la medida de sus posibilidades, pero había más de dos mil quinientos heridos entre las filas chilenas y se calculaban por lo menos siete mil entre los sobrevivientes de las tropas peruanas. Los heridos se acumulaban en los pasillos y en los patios, tirados por el suelo, hasta que les llegara su turno. Los más graves eran atendidos primero y Severo del Valle no estaba agonizando aún, a pesar de la tremenda pérdida de fuerza, sangre y esperanza, así es que los camilleros lo postergaban una y otra vez para dar paso a otros. El mismo soldado que se lo echó al hombro para llevarlo hasta el hospital le rasgó la bota con su cuchillo, le quitó la camisa ensopada y con ella improvisó un tapón para el pie destrozado porque no había a mano ni vendajes, ni medicamentos, ni fenol para desinfectar, ni opio, ni cloroformo, todo se había agotado o perdido en el desorden de la contienda. «Suéltese el torniquete de vez en cuando, para que no se le gangrene la pierna, teniente», le recomendó el soldado. Antes de despedirse le deseó buena suerte y le regaló sus más preciadas posesiones: un paquete de tabaco y su cantimplora con los restos del aguardiente.

Severo del Valle no supo cuánto tiempo estuvo en ese patio, tal vez un día, tal vez dos. Cuando finalmente lo recogieron para conducirlo donde el médico, estaba inconsciente y deshidratado, pero al moverlo el dolor fue tan terrible que despertó con un aullido. «Aguante, teniente, mire que todavía le falta lo peor», dijo uno de los camilleros. Se encontró en una sala grande, con el suelo cubierto de arena, donde cada tanto un par de ordenanzas vaciaba nuevos baldes de arena para absorber la sangre y se llevaba en los mismos baldes los miembros amputados para quemarlos afuera en una pira enorme, que impregnaba el valle de olor a carne chamuscada. En cuatro mesas de madera cubiertas por planchas metálicas operaban a los infortunados soldados, por el suelo había cubetas con agua rojiza donde enjuagaban las esponjas para restañar los cortes y pilas de trapos rasgados en tiras para usar como vendajes, todo sucio y salpicado de arena y aserrín. Sobre una mesa lateral había desplegados pavorosos instrumentos de tortura, –tenazas, tijeras, sierras, agujas– manchados de sangre seca. Los alaridos de los operados llenaban el ámbito y el olor a descomposición, vómitos y excremento era irrespirable. El médico resultó ser un inmigrante de los Balcanes con el aire de dureza, seguridad y rapidez de un cirujano experto. Llevaba una barba de dos días, tenía los ojos rojos de fatiga y vestía un grueso delantal de cuero cubierto de sangre fresca. Quitó el improvisado vendaje del pie de Severo, soltó el torniquete y le bastó una mirada para ver que había comenzado la infección y decidirse por la amputación. No cabía duda de que en esos días había cortado muchos miembros, porque no pestañeó.

–¿Tiene algo de licor, soldado? –preguntó con evidente acento extranjero.

–Agua… –clamó Severo del Valle con la lengua reseca.

–Después tomará agua. Ahora necesita algo que lo atonte un poco, pero aquí ya no tenemos ni una gota de licor –dijo el médico. Severo señaló la cantimplora. El doctor lo obligó a beber tres chorros largos, explicándole que no contaban con anestesia, y usó el resto para empapar unos trapos y limpiar sus instrumentos, luego hizo una señal a los ordenanzas, que se colocaron a ambos lados de la mesa para sujetar al paciente.

Ésta es mi hora de la verdad; alcanzó a pensar en Nívea y trató de imaginar morirse con la imagen en el corazón de la muchacha que había destripado de un bayonetazo. Un enfermero colocó un nuevo torniquete y sujetó firmemente la pierna a la altura del muslo. El cirujano cogió un escalpelo, lo hundió veinte centímetros bajo la rodilla y mediante un hábil movimiento circular cortó la carne hasta la tibia y el peroné. Severo del Valle bramó de dolor y enseguida perdió el conocimiento, pero los ordenanzas no lo soltaron, sino que con más determinación lo mantuvieron clavado sobre la mesa, mientras el médico echaba hacia atrás con los dedos la piel y los músculos, descubriendo los huesos; enseguida cogió una sierra y de tres certeras pasadas los seccionó. El enfermero extrajo del muñón los vasos cortados y el doctor los fue ligando con increíble destreza, luego soltó de a poco el torniquete mientras iba cubriendo con carne y piel el hueso amputado y cosiendo. Enseguida lo vendaron rápidamente y lo llevaron en vilo a un rincón de la sala para dar paso a otro herido que llegó aullando a la mesa del cirujano. Toda la operación había durado menos de seis minutos.