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Hace una semana, mi abuela me abrazó sin lágrimas en el aeropuerto de San Francisco y me repitió que, si en algo valoraba mi existencia, no me comunicara con nadie conocido hasta que tuvieramos la certeza de que mis enemigos ya no me buscaban. Mi Nini es paranoica, como son los habitantes de la República Popular Independiente de Berkeley, a quienes persiguen el gobierno y los extraterrestres, pero en mi caso no exageraba: toda medida de precaución es poca. Me entregó un cuaderno de cien hojas para que llevara un diario de vida, como hice desde los ocho años hasta los quince, cuando se me torció el destino. “Vas a tener tiempo de aburrirte, Maya. Aprovecha para escribir las tonterias monumentales que has cometido, a ver si les tomas el peso”, me dijo. Existen varios diarios mios, sellados con cinta adhesiva industrial, que mi abuelo guardaba bajo llave en su escritorio y ahora mi Nini tiene en una caja de zapatos debajo de su cama. Éste seria mi cuaderno número 9. Mi Nini cree que me serviran cuando me haga un psicoanálisis, porque contienen las claves para desatar los nudos de mi personalidad; pero si los hubiera leido, sabría que contienen un montón de fábulas capaces de despistar al mismo Freud. En principio, mi abuela desconfia de los profesionales que ganan por hora, ya que los resultados rápidos no les convienen. Sin embargo hace una excepcion con los psiquiatras, porque uno de ellos la salvó de la depresión y de las trampas de la magia cuando le dio por comunicarse con los muertos.

Soy Maya Vidal, diecinueve años, sexo femenino, soltera, sin un enamorado, por falta de oportunidadcs y no por quisquillosa, nacida en Berkeley, California, pasaporte estadounidense, temporalmente refugiada en una isla al sur del mundo. Me pusieron Maya porque a mi Nini le atrae la India y a mis padres no se les ocurrió otro nombre, aunque tuvieron nueve meses para pensarlo. En hindi, maya significa “hechizo, ilusión, sueño”. Nada que ver con mi carácter. Atila me calzaria mejor, porque donde pongo el pie no sale mas pasto. Mi historia comienza en Chile con mi abuela, mi Nini, mucho antes de que yo naciera, porque si ella no hubiera emigrado, no se habria enamorado de mi Popo ni se habria instalado en California, mi padre no habria conocido a mi madre y yo no seria yo, sino una joven chilena muy diferente. Como soy? un metro ochenta, cincuenta y ocho kilos cuando juego al fútbol y varios mas si me descuido, piernas musculosas, manos torpes, ojos azules o grises, según la hora del día, y creo que rubia, pero no estoy segura ya que no he visto mi pelo natural desde hace varios años. No heredé el aspecto exótico de mi abuela, con su piel aceitunada y esas ojeras oscuras que le dan un aire depravado, o de mi padre, apuesto como un torero e igual de vanidoso; tampoco me parezco a mi abuelo–mi magnífico Popo–porque por desgracia no es mi antepasado biológico, sino el segundo marido de mi Nini.