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Napoleón las comía antes de enfrentarse con Josefina en las batallas amorosas del dormitorio imperial, en las cuales, no está de más decirlo, siempre salía derrotado… Los científicos —¿cómo se les ocurren estos experimentos, digo yo?— han descubierto que el olor del hongo activa una glándula en el cerdo que produce las mismas feromonas presentes en los seres humanos cuando son golpeados por el amor. Es un olorcillo a sudor con ajo que recuerda el metro de Nueva York.

Hace algunos años invité a cenar, con intención de seducirlo, claro está, a un escurridizo galán, cuya fama de buen cocinero me obligaba a esmerarme con el menú. Decidí que una omelette de trufas salpicada con una nubecilla de caviar rojo al servirla (el gris estaba lejos de mis posibilidades), constituía una invitación erótica obvia, algo así como regalarle rosas rojas y el Kama Sutra. Busqué las trufas por cielo y tierra y cuando finalmente di con ellas, mi modesto presupuesto de inmigrante en tierra ajena no alcanzó para comprarlas. El dependiente de la tienda de delicatessen, un italiano tan inmigrante como yo, me aconsejó olvidarme de ellas.

—¿Para qué no lleva callampas, en vez? —preguntó, mientras yo miraba desamparada esos fragmentos negruzcos como caca de conejo, que a mis ojos brillaban como diamantes.

—No es lo mismo, las trufas son afrodisíacas.

—¿Son qué?

—Sensuales —dije, para no entrar en detalles.

Debo haberme ruborizado, porque el hombre salió de detrás del mostrador y se me acercó con una sonrisa extraña. Imaginaba, supongo, que yo era una ninfómana dispuesta a frotarme las zonas erógenas con sus trufas.

—Románticas —murmuré cada vez más colorada.

—¡Ah! ¿Para un hombre? ¿Su novio, su marido?

—Bueno, sí…

Al punto la sonrisa perdió el sarcasmo y se tornó cómplice; volvió tras el mostrador y produjo un frasco pequeño, como de perfume.

—Olio d' oliva aromatizato al tartufo bianco —anunció en el tono de quien saca un as de la manga—. Aceite de oliva con olor a trufas —aclaró. Y enseguida puso en una bolsa de plástico unas cuantas aceitunas negras, con la indicación de lavarlas bien para quitarles el sabor, picarlas en trocitos y marinarlas un par de horas en el aceite trufado. —¡Tan romántico como las trufas y mucho más barato! —me aseguró.

Así lo hice. La omelette quedó perfecta y cuando el exquisito galán detectó el inconfundible olorcillo y preguntó sorprendido si aquellos pedazos oscuros eran trufas y dónde diablos las había conseguido, hice un gesto vago que él interpretó como coquetería. Devoró la omelette mirándome de soslayo con una expresión turbia, que entonces me pareció irresistible, pero ahora, vista con el desprendimiento de la edad, me resulta más bien cómica. Me alegra haberle dado aceitunas. Su reputación de galán era tan exagerada como la de las trufas.

Y como estamos hablando de aceite de oliva trufado, ha llegado el momento de ofrecer mi receta de emergencias. Desde que cumplí diecinueve años he estado casada cada día de mi vida, excepto tres meses de parranda entre un divorcio y el segundo marido. Eso significa que he tenido aproximadamente 16.425 ocasiones de sacar de tino a algún hombre. La creación de esta sopa no es cosa del azar, sino de la necesidad. Es un afrodisíaco prácticamente infalible, que preparo después de alguna pelea fuerte, como una bandera de tregua que me permite hacer las paces sin humillarme demasiado. A mi contrincante le basta olerla para entender el mensaje.

SOPA DE LA RECONCILIACIÓN

Ingredientes para dos amantes

2 tazas de caldo (carne, pollo o verdura)
1 taza de champiñones frescos
½ taza de callampas portobello picadas (o ¼ taza secas)
½ taza de callampas porcini picadas (o ¼ taza secas)
1 diente de ajo
3 cucharadas de aceite de oliva
1 cucharada de aceite de oliva trufado
¼ taza de oporto
2 cucharadas de crema agria
Sal y pimienta

Preparación

Si no encuentro callampas frescas y debo recurrir a las secas, las remojo en media taza de un buen vino tinto hasta que se esponjen alegremente, mientras me bebo el resto del vino con toda calma. Luego pico el ajo por el puro gusto de olerme los dedos, porque igual podría usarlo entero, y lo frío junto a las callampas y champiñones en el aceite de oliva, revolviendo con fervor por unos cuantos minutos, no los he contado, pero digamos cinco. Agrego el caldo, el oporto y el aceite de oliva trufado, no todo, dejo un par de gotas para ponerme detrás de las orejas, no olvidemos que es afrodisíaco. Aliño con sal y pimienta, y cocino a fuego suave con la olla tapada hasta que las callampas se ablanden y la casa huela a paraíso.

Al final lo trituro en la licuadora; esto es lo menos poético del cocinamiento, pero inevitable. Debe quedar con una textura algo gruesa, como de lodo, con un perfume que hace salivar y llama a otras secreciones del cuerpo y del alma. Me coloco mi mejor vestido, me pinto las uñas de rojo y sirvo la sopa decorada con crema agria en platos calientes.