| Aprendí muy rápido a leer de corrido. Pronto descubrí que los cuentos, que yo creía verdaderos, habían sido inventados hacía mucho tiempo por un fabulador en Dinamarca. Me sentí traicionada. Los personajes ya no eran libres, estaban atrapados en las páginas del libro. Sus vidas estaban impresas y no podían cambiarse. Pulgarcita no podia escuchar el canto del ruiseñor; el Emperador desnudo jamás conocería a Simón el Simple; el patito feo no llegaría a ser un príncipe, sólo podía convertirse en un cisne, lo que es una opción profesional bastante limitada. Yo misma era un pato feo y tenía la fantasía de convertirme en estrella del cine, no tenía la menor intención de ser un cisne. Además, en las exquisitas ilustraciones del libro, mis amigos aparecían completamente diferentes a lo que yo había imaginado. La Sirenita no tenía pelo verde ¡era rubia!
Me gustó el libro y pronto memoricé todos los cuentos, pero ya no quise ser ninguno de los personajes, prefería controlar los argumentos, deseaba ser una narradora, como Hans Christian Andersen. Tal vez ese fue un momento crucial de mi vida. Mi madre dice que apenas aprendí a leer empecé a inventar historias. Atormentaba a mis pobres hermanos con cuentos mórbidos que llenaban sus días de terror y sus noches de pesadillas. Más tarde mis hijos debieron soportar el mismo martirio. En mi vida adulta, sin embargo, las historias me han servido para ganar el corazón de algunos hombres. Nada hay tan afrodisíaco como un cuento contado con pasión entre dos sábanas recién planchadas. En la infancia me castigaban a menudo por decir mentiras; ahora me gano la vida con ellas y resulta que me respetan como “narradora”.
Es de imaginar que Hans Christian Andersen soportó el mismo destino. Al comienzo la gente debe haber creído que estaba mentalmente perturbado. ¿Por qué no trabajaba de zapatero, como su padre? Ese era un trabajo decente, encambio contar cuentos no se consideraba una ocupación razonable, sino un defecto del carácter. Sin embargo, los cuentos siempre han sido esenciales, son para la humanidad lo que los sueños son para los individuos. Como individuos necesitamos sonar, sino lo hacemos pereceríamos sofocados por tenaces demonios. Y sin historias la civilización perecería, no habría memoria colectiva, no comprenderíamos los acontecimientos, no habría legado espiritual. Las historias han contribuído a formar la mente humana desde el comienzo de los tiempos. Algunos cuentos, repetidos una y otra vez, describen nuestro viaje por la vida y la muerte. Los hallamos en mitos inmortales reiterados en todas partes: el paraíso perdido, el héroe en busca de justicia, la lucha entre el bien y el mal, las batallas contra los dragones de nuestra propia alma. Todos los grandes argumentos ya se han contado, sólo podemos crear nuevas versiones de los mismos, pero cada vez que una historia se cuenta, vuelve a cobrar vida con el mismo encanto de la primera vez. Y eso, exactamente, consiguen los cuentos de Andersen: encantarnos cada vez que los oímos. |