| Discurso de Isabel Allende para aceptar el honor de Embajadora del Bicentenario de Hans Christian Andersen
Septiembre del 2004
Su Alteza Real, Príncipe Frederick, Sr. Jaime lagos, Embajador de Chile, autoridades de la Fundación Hans Christiam Andersen, señoras y señores.
¿Cómo puedo expresarles lo que significa para mí ser embajadora del bicentenario de Hans Christian Andersen? De todos los honores que se pueden recibir, éste es sin duda el más mágico. Gracias por permitirme celebrar, con Dinamarca y el resto del mundo, el increíble poder de la narración.
Como casi todos los niños nacidos en los últimos dos siglos, crecí con los cuentos de Andersen. Aún no cumplía cuatro años cuando mi padre salió a comprar cigarillos y nunca más volvió. Al encontrarse sola, con tres niños pequeños y sin recursos, mi madre regresó a vivir bajo el techo de mi abuelo. En esa sombría casa, mi madre, mis hermanos y yo compartíamos la misma habitación. Eran los años cuarenta, cuando no había television en Chile; miedoy fantasia, sumados a ruidos temibles de ratones y fantasmas, prolongaban nuestras noches.
Al acostarnos, mi madre nos contaba cuentos. A mis hermanos los vencía el sueño, pero creía que todas esas historias eran ciertas. Para mí no había diferencia entre una batalla naval del siglo diecinueve, la anécdota familiar de un tío que se fue al cielo en un globo y los inquietantes cuentos de Andersen. Permanecía despierta en la oscuridad esperando que los personajes de ficción se materializaran en las sombras del cuarto. Al principio eran transparente y silenciosos, como medusas bajo el agua, pero pronto se volvían más tangibles. Una luz fantasmagórica alumbraba la habitación y podia verlos con claridad y escuchar sus conversaciones, eran mis amigos. Habían escapado la prisión de su propio cuento para entrar en otros. Así, un soldadito de plomo se quejaba de machucones por haber dormido con un frijol bajo el colchón. La diminuta Pulgarcita se probaba el traje del Emperador, que le quedaba definitivamente grande, mientras su novio, el topo ciego, perseguía a una graciosa bailarina de papel. Un hombre de nieve empezaba a derretirse por jugar con fósforos, mientras la pobre vendedora de fósforos se casaba con un príncipe, quien no parecía un príncipe en absoluto. Un ruiseñor encaramado en una caja de lata cantaba las mejores piezas de su repertorio a tres enormes perros con ojos terroríficos. Era mucha la confusion de toda esa gente en mi pieza, cada uno con su propio drama, discutiendo y enamorándose de quien no correspondía y creando así nuevos cuentos para mí cada noche.
Cuando yo tenía unos cinco o seis años, mi madre se cansó de repetir las mismas historias y me regaló un libro de cuentos de Hans Christian Andersen. |